Han pasado 31 años y 18 discos de los que ha vendido más de nueve millones de ejemplares para que Joaquín Sabina vuelva a sorprender al público con 14 nuevas canciones en "Vinagre y rosas".
4 años después de "Alivio de Luto", Sabina firma junto a Benjamín Prado las letras de diez canciones, una con Luis García Montero y otra con Violeta Parra (1917-1967).
Hoy, con 60 años a cuestas (Viudita de Clicquot, una de las canciones de Vinagre y rosas, da fe de ello), Joaquín Sabina sigue desnudándose en sus canciones escéptico y utópico, real y fantástico, nunca complaciente.
El álbum comienza por derecho con Tiramisú de limón (“Hice un solo desafinado con las cenizas del amor, las verbenas del pasado gangrenan el corazón”). Es el primer single y una de las dos canciones del nuevo tándem Sabina-Pereza que aparecen en el disco.
Para continuar dejando las cosas claras, una autobiografía a calzón quitado: Viudita de Clicquot (“A los quince los cuerdos de atar me cortaron las alas, a los veinte escapé por las malas del pie del altar, a los treinta fui de armas tomar sin chaleco antibalas, Londres fue Montparnassse sin gabachos, Atocha con mar”). Con el equipo músico habitual (Antonio Gª de Diego, Pancho Varona y José A. Romero) a su lado como en la mayoría del álbum, es un baladón rockero con ese aroma blues que también aparece en otras canciones.
Para elevar la nostalgia llega Cristales de Bohemia (“Vine a Praga a fundar una ciudad una noche a las diez de la mañana, subiendo a Malá Strana, quemando tu bandera en la frontera de la soledad”).
Con un acompañamiento sencillo, mínimo y ajustado, es una emotiva evocación a Praga, una canción melancólica que da paso a Parte metereológico (“Besarte es desatar un huracán, que suba en el termómetro el mercurio, algunas nieves dan calor cuando se van fundiendo entre el desierto y el diluvio”).
Después, y a ritmo de vals íntimo, suena Ay! Carmela (“Y no sé de qué modo dejar de adorarte sin duelo entre nunca y quién sabe. Cuando quemes tus naves no me pierdas las llaves del cielo”) con letra cien por cien Joaquín, dedicada a su hija y una de las canciones más emocionadas de un álbum absolutamente emocionado.
Sigue Virgen de la Amargura (“Virgen de la Amargura, devuélveme la vida, sin ti todo es usura y noches perdidas, facturas, calenturas, heridas sin sutura; caídas, conjeturas, sacudidas, cerraduras… despedidas de locura y callejón”), una de las canciones más originales del disco, abierta, imprevisible, que comienza acústica con aire a folk-rock de los 60-70 y acaba por los Beatles.
Agua pasada (“Las canciones de amor que no quisiste andan rondando ya por las aceras, las tocan las orquestas de los tristes pa que baile don nadie con cualquiera”) tiene dentro blues, tango, fado, copla y otras músicas de sentimiento para un Sabina vertical, hondo, intenso, íntimo.
Siguiendo en la onda, llega Vinagre y rosas (“Cuando el flautista de Hamelín sacó un ratón de su bombín, Polichinela se fugó con Arlequín. Hay mariposas de arrabal que nunca aprenden a volar, vinagre y rosas a la hora de cenar”), un hallazgo en la mezcla de ranchera y blues, absolutamente original y magníficamente conseguida.
Embustera (“Contigo he comprendido que la humedad es algo que se seca y se olvida. Gracias a ti he sabido que la verdad es sólo un cabo suelto de la mentira”) retoma el rock porque ahí está Pereza en su segunda colaboración del álbum.
Nombres impropios (“Ya ves, llegar a fin de mes no era con ella asunto de dinero. Se trataba más bien de merecer un tren de pasajeros, el tsunami de un mar hecho mujer, dispuesto en cada ola a renacer. Se llamaba Herejía, cómo voy a saber si me engañaba cuando me mentía”) contribuye a esa calma a tiempo de swing con aroma de jazz añejo, con un desarrollo sofisticado donde se ve la mano sabia de Antonio Gª de Diego y Pancho Varona, autores de la música como en la mayoría de las canciones del disco.
Menos dos alas (“González era un ángel menos dos alas, González era un santo por lo civil, un dandy con un ojo a la funerala, tan rojo, tan Oviedo y tan zascandil”) va por rumba para rendir homenaje al poeta Ángel González (Oviedo, 1922-Madrid, 2008).
Crisis (“Crisis en el cielo, crisis en el suelo, crisis en la catedral. Crisis en la cama, cada sueño un drama, un euro es un dineral. Crisis en la luna, la diosa fortuna debe un año de alquiler. Crisis con ladillas, manchas amarillas, pánico del día después. Crisis en la moda, firma y no me jodas, esta no es nuestra canción”) cambia a rock duro para situarnos en el hoy y ahora.
Y en la recta final del álbum llega Blues del alambique (“Me busqué, te perdí, derrapé, malviví, todo es tan extraño. Conspiré contra el sol, enviudé de farol, cómo pasan los años”) con música de Álvaro Martínez Maluquer, un especialista en blues.
Vinagre y rosas ya está aquí para situarse entre los mejores discos de una obra capital en la música española. La que desde hace tres décadas nos viene ofreciendo Joaquín Sabina.
Coincidiendo con la publicación de "Vinagre y rosas", Joaquín Sabina comienza una gira de presentación del álbum, cuyo primer concierto será el 20 de noviembre en el Multiusos Sánchez Paraíso de Salamanca y que lo traerá a Argentina en enero de 2010.
1. Tiramisú de LimónCon: Pereza
2. Viudita de Clicquot 3. Cristales de Bohemia 4. Parte Meteorológico 5. Ay! Carmela 6. Virgen de la Amargura 7. Agua Pasada 8. Vinagre y Rosas 9. Embustera 10. Nombres Impropios 11. Menos dos Alas 12. Crisis 13. Blues del Alambique